
Por Juan José Freijo, Chief Sustainability and Product Innovation Officer CHEP LatAm
Cuando se enmarca la sostenibilidad como un generador de valor —no solo para el medio ambiente y las comunidades, sino también para el negocio y sus clientes—, su relevancia se vuelve mucho más evidente, sin importar el contexto en el que se aplique.
En los últimos cinco años, crisis globales como la pandemia, la inflación y la inestabilidad geopolítica han puesto a prueba nuestra resiliencia y revelado la interdependencia entre lo ambiental, social y económico. En este entorno de cambio constante, conceptos como la regeneración y los impactos neto-positivos —entendidos como la capacidad de las organizaciones para mejorar el bienestar de todas las partes interesadas y contribuir positivamente al planeta— han ganado protagonismo en la agenda de gobiernos, inversores y líderes empresariales.
El impulso por la regeneración tomó fuerza con la proclamación de la Década de la Restauración (2021–2030) por parte de la ONU, y será uno de los ejes principales en la COP30, que se celebrará en Brasil, este noviembre. Ante la insostenibilidad de los modelos lineales, la transición hacia sistemas que regeneren la naturaleza y fortalezcan comunidades no solo es deseable, sino urgente e inevitable.
Una revolución necesaria
Durante años, la sostenibilidad se entendió como la capacidad de “hacer menos daño”. Hoy, ese concepto ha quedado atrás. El nuevo enfoque exige generar un impacto positivo. Lo que antes se consideraba una ventaja competitiva —como comprometerse con emisiones netas cero— ahora es apenas un estándar mínimo. Como bien lo resume la Fundación Ellen MacArthur: no basta con reducir el daño ambiental, es necesario regenerar activamente la naturaleza.
Para las empresas, este enfoque es clave. La economía circular no limita el crecimiento, al contrario, lo potencia alineándolo con beneficios ambientales, rompiendo así la antigua tensión entre rentabilidad y sostenibilidad. Esta idea resulta relevante para el mundo empresarial: en un modelo circular bien diseñado, el beneficio económico y el impacto ambiental positivo no solo conviven, sino que se fortalecen mutuamente. Lo hemos comprobado de primera mano en CHEP, parte de Brambles, la compañía a la que pertenezco.
Del compromiso a la acción regenerativa
En 2020, Brambles adoptó una visión audaz: construir una cadena de suministros regenerativa. Fue una apuesta sin precedentes que implicaba transformar un sistema históricamente extractivo en uno capaz de restaurar, en lugar de agotar, los recursos naturales. Más que una declaración de intenciones se trató de un cambio profundo en la manera de operar. Una visión tan desafiante como inspiradora.
Cinco años después, esa esa visión regenerativa ya no es solo un marco estratégico, sino una práctica comprobada, respaldad por resultados concretos. Un ejemplo claro es nuestra alianza de silvicultura regenerativa en Tabasco, México, donde se han plantado más de 690,000 árboles en poco más de dos años. Este proyecto -clave para una empresa que depende de la madera- involucra comunidades locales, gobiernos, academia y sector privado. El impacto es doble: regeneramos una zona previamente deforestada mientras generamos empleo y fortalecemos capacidades técnicas esenciales para su sostenibilidad a largo plazo.
Nuestro compromiso regenerativo también se refleja en iniciativas globales. En Zambia, colaboramos con WeForest para conservar y plantar más de 1.5 millones de árboles. En Sudáfrica, trabajamos en la protección de zonas de captación de agua y biodiversidad, incluyendo especies clave como los buitres.
En el ámbito de la economía circular, lanzamos en 2023 el palé Q+, elaborado 100% con residuos posconsumo. Este desarrollo no solo contribuye a reducir la contaminación plástica, sino que también impulsa nuestra meta de incorporar al menos 30% de plástico reciclado en todos nuestros productos futuros.







